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II. El lama y la estación

—Mahbub Ali me ha dado esta prueba. —Kim lanzó al aire el rollo de papel doblado, y este cayó en el sendero junto al hombre, quien puso el pie encima mientras un jardinero doblaba la esquina. Cuando el criado pasó, lo recogió, dejó caer una rupia —Kim pudo oír el tintineo— y entró a zancadas en la casa, sin volverse jamás. Rápidamente Kim cogió el dinero; pero, a pesar de todo su entrenamiento, era lo bastante irlandés de nacimiento como para considerar la plata la parte menor de cualquier juego. Lo que deseaba era el efecto visible de la acción; así que, en vez de escabullirse, se quedó bien pegado a la hierba y se arrastró más cerca de la casa.

Vio⁠—los bungalows indios son totalmente abiertos⁠—al inglés regresar a un pequeño vestidor, en un rincón de la veranda, que hacía las veces de despacho, atiborrado de papeles y maletines de correspondencia, y sentarse a estudiar el mensaje de Mahbub Ali. Su rostro, bajo la luz directa de la lámpara de queroseno, cambió y se oscureció, y Kim, acostumbrado como todo mendigo a observar los semblantes, tomó buena nota.

“¡Will! ¡Will, querido!”, llamó la voz de una mujer. “Deberías estar en el salón. Estarán aquí en un minuto”.

El hombre seguía leyendo con atención.

—¡Will! —dijo la voz, cinco minutos más tarde—. Ha venido. Oigo a los soldados en la entrada.

El hombre salió corriendo con la cabeza descubierta mientras un gran carruaje landó con cuatro soldados nativos detrás se detenía ante la galería, y un hombre alto y de cabello negro, tan recto como una flecha, descendió de un salto, precedido por un joven oficial que reía gratamente.

Tendido boca abajo yacía Kim, casi tocando las altas ruedas. Su hombre y el extraño de negro intercambiaron dos frases.

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