“Eres demasiado blando conmigo.”
“Tampoco eso. He actuado en un asunto sin consultarte. He enviado un recado a la mujer de Kulu con aquella mujer que nos dio la leche de cabra esta mañana, diciéndole que estabas un poco débil y que necesitarías una litera. Me castigo en mi pensamiento por no haberlo hecho cuando entramos en el Doon. Nos quedamos en este lugar hasta que regrese la litera”.
“Estoy satisfecho. Es una mujer con un corazón de oro, como tú dices, pero una habladora—algo habladora”.
—Ella no te cansará. También de eso me he ocupado. ¡Santo Ser!, mi corazón está muy apesadumbrado por mis muchos descuidos hacia ti.
Un sollozo histérico subió a su garganta.
—Te he hecho andar demasiado: no siempre he elegido buena comida para ti; no he tenido en cuenta el calor; le he hablado a la gente en el camino y te he dejado solo... Yo he... Yo he... ¡Hai mai! ¡Pero te quiero... y ya es demasiado tarde... Yo era un niño... Oh, ¿por qué no habré sido un hombre?...
Vencido por la tensión, la fatiga y un peso superior al de sus años, Kim se derrumbó y rompió a llorar a los pies del lama.
—¡Qué alboroto es este! —dijo el viejo con suavidad—. No te has apartado ni un pelo del Camino de la Obediencia. ¿Descuidarme? Niño, he vivido de tus fuerzas como un viejo árbol vive de la cal de un muro nuevo. Día tras día, desde lo de Shamlegh, te he robado fuerzas. Por tanto, no por pecado tuyo alguno estás debilitado. Es el Cuerpo —el necio, estúpido Cuerpo— el que habla ahora. No el Alma segura. ¡Consuélate! Conoce al menos a los demonios contra los que luchas. Son nacidos de la tierra, hijos de la ilusión. Iremos a la mujer de Kulu. Ella