la sombra.
—Nadie educado en el saber —dijo el capellán de la familia— olvida cómo se hallaban los planetas en sus Casas aquella noche.
Empezó a dibujar en el polvo del patio.
«Al menos tienes buen derecho a la mitad de la Casa del Toro. ¿Cómo reza tu profecía?»
—Un día —dijo Kim, encantado con la sensación que estaba causando—, seré hecho grande por medio de un toro rojo en un campo verde, pero primero entrarán dos hombres preparándolo todo.
“Sí: así siempre al comienzo de una visión. Una densa oscuridad que se disipa lentamente; al poco entra alguien con una escoba preparando el lugar. Entonces comienza la Visión.
¿Dos hombres—dices? Sí, sí. El Sol, abandonando la Casa del Tauro, entra en la de los Gemelos. De ahí los dos hombres de la profecía. Considerémoslo ahora. Tráeme una ramita, pequeña”.
Frunció el ceño, rascó, alisó y volvió a rascar en el polvo signos misteriosos, para asombro de todos excepto del lama, quien, con fino instinto, se abstuvo de intervenir.
Al cabo de media hora, arrojó la ramita con un gruñido.
“¡Mjum! Así dicen las estrellas. Dentro de tres días vienen los dos hombres para dejarlo todo listo. Tras ellos sigue el Toro; pero el signo que está frente a él es el signo de la Guerra y de los hombres armados”.
“Sí que había un hombre de los sijs de Ludhiana en el vagón procedente de Lahore”, dijo la esposa del labrador con esperanza.