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XI. El malabarista

Su mente se movía por entero en el pasado, y revivía cada paso de su maravilloso primer viaje juntos, frotándose las manos y riendo entre dientes, hasta que le placía acurrucarse en el sueño repentino de la vejez.

Kim vio cómo el último y polvoriento rayo de sol se apagaba en el patio, y jugó con su daga fantasma y su rosario.

El clamor de Benarés, la más antigua de todas las ciudades de la tierra, despierta ante los Dioses día y noche, golpeaba los muros como el rugido del mar contra un rompeolas.

De vez en cuando, un sacerdote jaina cruzaba el patio con alguna pequeña ofrenda para las imágenes y barría el sendero a su paso para no quitarle la vida por casualidad a ningún ser viviente. Una lámpara titiló, y luego se oyó el murmullo de una oración.

Kim contempló las estrellas mientras surgían una tras otra en la oscuridad quieta y pegajosa, hasta que se durmió al pie del altar.

Aquella noche soñó en indostaní, sin una sola palabra en inglés…

—Santo, ahí está el niño al que le dimos la medicina —dijo, hacia las tres de la mañana, cuando el lama, que también despertaba de sus sueños, se disponía a emprender su peregrinaje—. El Jat estará aquí con la luz del día.

—Bien respondido tengo. En mi prisa habría cometido una injusticia.

Se sentó en los almohadones y volvió a su rosario.

—Sin duda los ancianos son como los niños —dijo con patetismo—. Desean algo y, ¡he aquí!, debe hacerse al instante, ¡o si no se impacientan y lloran! Muchas veces, cuando iba por el Camino, estuve a punto de zapatear de rabia por la demora de un carro de bueyes en el paso, o por una mera nube de polvo. No era así cuando era un hombre, hace mucho tiempo. No obstante, es un proceder inicuo...

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