que no había ni un destello de reconocimiento; pero ni siquiera en este extremo se le ocurrió jamás arrojarse a la misericordia del hombre blanco ni delatar al afgano. Y Mahbub miró deliberadamente al inglés, que miró con igual deliberación a Kim, el cual temblaba y se había quedado sin habla.
—Mi caballo está bien adiestrado —dijo el mercader—. Otros habrían coceado, Sahib.
—Ah —dijo por fin el inglés, frotando la cruz húmeda de su poni con la contera de la fusta—, ¿quién hace soldado al muchacho?
“Dice que el Regimiento que lo encontró, y especialmente el Padre-sahib de ese regimiento”.
—¡Ahí está el padre! —se ahogó Kim mientras el padre Víctor, con la cabeza descubierta, se abalanzaba sobre ellos desde la galería.
—¡Mil demonios del averno, O’Hara! ¿Cuántos amigos variopintos más tienes escondidos en Asia? —exclamó, mientras Kim se deslizaba hacia abajo y se quedaba de pie, desamparado, frente a él.