expresión. «Ahora, cuenta tu historia de prisa, hermano, mientras yo digo un conjuro».
“Vengo del Sur, donde estaba mi trabajo. A uno de los nuestros lo mataron al borde del camino. ¿Te has enterado?”
Kim sacudió la cabeza. Él, por supuesto, no sabía nada del predecesor de E.23, asesinado en el Sur vestido de comerciante árabe.
“Habiendo hallado cierta carta que me mandaron buscar, me vine. Escapé de la ciudad y corrí a Mhow. Tan seguro estaba de que nadie lo sabía, que no mudé mi rostro. En Mhow una mujer me acusó del robo de joyas en la ciudad que había dejado. Entonces vi que el grito se había lanzado contra mí. Huí de Mhow de noche, sobornando a la policía, que había sido sobornada para entregarme sin preguntas a mis enemigos del Sur. Luego me quedé en la vieja ciudad de Chitor una semana, como penitente en un templo, pero no pude deshacerme de la carta que era mi encargo. La enterré bajo la Piedra de la Reina, en Chitor, en el lugar que todos nosotros conocemos”.
Kim no lo sabía, pero por nada del mundo habría roto el hilo.
“En Chitor, mira tú, me encontraba de lleno en territorio de reyes; pues Kotah, al este, está fuera de la ley de la Reina, y más al este aún quedan Jaipur y Gwalior. A ninguno de los dos les agradan los espías, y allí no hay justicia. Me persiguieron como a un chacal mojado; pero logré abrirme paso en Bandakui, donde supe que pendía contra mí una acusación por asesinato en la ciudad que había dejado atrás: el asesinato de un muchacho. Tienen tanto el cadáver como a los testigos aguardando”.
—¿Pero no puede proteger el Gobierno?