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IX. S’doaks

“¡Ah! Habrá que pensarlo bien. Quizá si fuera muy listo, podría sobrevivir al día⁠—pero no a la noche. De ningún modo a la noche.”

—Entonces, ¿cuánto cobra el Babu si tiene tanto en juego?

—Ochenta⁠—tal vez cien⁠—tal vez ciento cincuenta rupias; pero la paga es la parte menor del trabajo.

De tiempo en tiempo, Dios hace que nazcan hombres⁠—y tú eres uno de ellos⁠—que sienten el ansia de ir por el mundo arriesgando la vida para descubrir noticias; hoy puede tratarse de cosas lejanas, mañana de alguna montaña oculta, y al día siguiente de unos hombres cercanos que han cometido una locura contra el Estado.

Estas almas son muy pocas; y de estas pocas, no más de diez son de las mejores. Entre estas diez cuento al Babu, y eso es curioso. ¡Cuán grande, por lo tanto, y deseable debe ser un negocio que endurece el corazón de un bengalí!

“Cierto. Pero los días se me hacen lentos. Todavía soy un muchacho, y hace apenas dos meses que aprendí a escribir en angrezi. Aun ahora no lo puedo leer bien. Y todavía quedan años y años y largos años antes de que pueda ser siquiera un pinche de cadenas”.

“Ten paciencia, Amigo de todo el mundo”⁠—Kim se sobresaltó con el título. “Ojalá tuviera yo unos cuantos de los años que tanto te molestan. Te he puesto a prueba en varias pequeñeces. Esto no se olvidará cuando le rinda mi informe al Coronel Sahib”. Luego, cambiando de repente al inglés con una profunda risa:

“¡Por Júpiter! O’Hara, creo que hay mucho en ti; ¡pero no debes volverte orgulloso ni debes hablar! ¡Debes volver a Lucknow y ser un buen niño y aplicarte al estudio, como dicen los ingleses, y tal vez, en las próximas vacaciones, si te apetece, puedas volver conmigo!”.

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