“¡Ah! Habrá que pensarlo bien. Quizá si fuera muy listo, podría sobrevivir al día—pero no a la noche. De ningún modo a la noche.”
—Entonces, ¿cuánto cobra el Babu si tiene tanto en juego?
—Ochenta—tal vez cien—tal vez ciento cincuenta rupias; pero la paga es la parte menor del trabajo.
De tiempo en tiempo, Dios hace que nazcan hombres—y tú eres uno de ellos—que sienten el ansia de ir por el mundo arriesgando la vida para descubrir noticias; hoy puede tratarse de cosas lejanas, mañana de alguna montaña oculta, y al día siguiente de unos hombres cercanos que han cometido una locura contra el Estado.
Estas almas son muy pocas; y de estas pocas, no más de diez son de las mejores. Entre estas diez cuento al Babu, y eso es curioso. ¡Cuán grande, por lo tanto, y deseable debe ser un negocio que endurece el corazón de un bengalí!
“Cierto. Pero los días se me hacen lentos. Todavía soy un muchacho, y hace apenas dos meses que aprendí a escribir en angrezi. Aun ahora no lo puedo leer bien. Y todavía quedan años y años y largos años antes de que pueda ser siquiera un pinche de cadenas”.
“Ten paciencia, Amigo de todo el mundo”—Kim se sobresaltó con el título. “Ojalá tuviera yo unos cuantos de los años que tanto te molestan. Te he puesto a prueba en varias pequeñeces. Esto no se olvidará cuando le rinda mi informe al Coronel Sahib”. Luego, cambiando de repente al inglés con una profunda risa:
“¡Por Júpiter! O’Hara, creo que hay mucho en ti; ¡pero no debes volverte orgulloso ni debes hablar! ¡Debes volver a Lucknow y ser un buen niño y aplicarte al estudio, como dicen los ingleses, y tal vez, en las próximas vacaciones, si te apetece, puedas volver conmigo!”.