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XIII. El mar y las colinas

Y las gentes —las gentes cetrinas, grasientas y abrigadas con loden, de piernas cortas y descubiertas y rostros casi esquimales— acudían en masa y lo adoraban.

Las llanuras —benévolas y apacibles— habían tratado al lama como a un hombre santo entre hombres santos.

Pero las colinas lo veneraban como a alguien en la confianza de todos sus demonios. El suyo era un budismo casi borrado, recubierto de un culto a la naturaleza tan fantástico como sus propios paisajes, tan elaborado como el bancal de sus diminutos campos; pero reconocían el gran sombrero, el rosario tintineante y los escasos textos chinos como una gran autoridad, y respetaban al hombre bajo el sombrero.

“Te vimos bajar por los negros Pechos de Eua”, dijo un betah que les dio queso, leche agria y pan duro como piedra una tarde.

“No solemos usar eso a menudo, excepto cuando las vacas de parto se desvían en verano. Hay un viento repentino entre esas piedras que derriba a los hombres aun en el día más quieto. ¡Pero qué les ha de importar esa gente al Diablo de Eua!”

Entonces Kim, con dolores en cada fibra, mareado de tanto mirar hacia abajo, con los pies adoloridos por encoger los dedos desesperadamente en grietas insuficientes, experimentó la alegría de la marcha del día; una alegría tal como la que un muchacho de St. Xavier’s que hubiera ganado las cuatro millas en terreno llano podría sentir con las alabanzas de sus amigos. Las colinas sudaron el ghi y el sebo de azúcar de sus huesos; el aire seco, tomado a jadeos en la cumbre de puertos despiadados, fortaleció y ensanchó sus costillas superiores; y los desniveles inclinados dotaron a sus pantorrillas y muslos de nuevos y duros músculos.

Meditaban a menudo sobre la Rueda de la Vida⁠, y tanto más cuanto que, como decía el lama, estaban libres de sus tentaciones visibles. Salvo el

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