“Él no. Está cansado, y yo lo olvidé, por ser abuela. (Nadie sino una abuela debería cuidar jamás a un niño. Las madres solo sirven para parir). Mañana, cuando vea cuánto ha crecido el hijo de mi hija, escribirá el amuleto. Entonces también podrá juzgar los medicamentos del nuevo hakim”.
—¿Quién es el hakim, maharani?
“Un vagabundo, como tú, pero un bengalí muy sobrio de Dacca—un maestro en medicina. Me alivió de una opresión después de comer mediante una pequeña píldora que actuó como un demonio desencadenado. Viaja ahora por todas partes, vendiendo preparaciones de gran valor. Incluso tiene papeles, impresos en angrezi, que cuentan lo que ha hecho por hombres de espaldas débiles y mujeres lánguidas. Ha estado aquí cuatro días; pero al enterarse de que veníais (los hakims y los sacerdotes son serpiente y tigre en todo el mundo), se ha resguardado, según creo”.
Mientras ella tomaba aliento después de esta andanada, el viejo sirviente, sentado sin reprensión al borde de la luz de las antorchas, murmuró:
«Esta casa es un corral de ganado, por así decirlo, para todos los charlatanes y—sacerdotes. Que el muchacho deje de comer mangos … pero ¿quién puede discutir con una abuela?».
Alzó la voz respetuosamente:
—Sahiba, el hakim duerme después de su comida. Está en las habitaciones detrás del palomar.
Kim se puso rígido como un terrier al acecho. Hacer frente y callar a un bengalí educado en Calcuta, un locuaz vendedor de medicinas de Dacca, sería un buen juego. No era decoroso que el lama, y de paso él mismo, fuesen hechos a un lado por alguien así.