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XV. El soñador cuyo sueño se hizo realidad

A un Emperador no le cedería el paso⁠— Mi camino mantendría ante un Rey.

Ante la Tiara Triple no me inclinaría⁠— ¡Pero esto es cosa diferente!

No he de luchar con los Poderes del Aire⁠— ¡Centinela, déjalo pasar!

¡Baxtidas abajo⁠—Es el Señor de todos nosotros⁠— El Soñador cuyo sueño se hizo realidad!

A doscientas millas al norte de Chini, sobre la pizarra azul de Ladakh, yace Yankling Sahib, el de alegre talante, escudriñando con furia a través de las crestas en busca de alguna señal de su rastreador favorito: un hombre de Ao-chung. Pero ese renegado, con un nuevo rifle Männlicher y doscientos cartuchos, se encuentra en otra parte, cazando ciervos almizcleros para el mercado, y Yankling Sahib se enterará la próxima temporada de lo muy enfermo que ha estado.

Por los valles de Bushahr⁠—las águilas de mirada lejana del Himalaya se desvían ante su nuevo paraguas de gajos azules y blancos⁠—, apresurado marcha un bengalí, que antaño fuera gordo y de buen parecer, y hoy está flaco y curtido por la intemperie. Ha recibido el agradecimiento de dos extranjeros distinguidos, a quienes guió con no poca habilidad hasta el túnel de Mashobra, que conduce a la gran y alegre capital de la India.

No fue culpa suya que, envuelto por brumas húmedas, los hubiera llevado más allá de la estación telegráfica y colonia europea de Kotgarh.

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