A un Emperador no le cedería el paso— Mi camino mantendría ante un Rey.
Ante la Tiara Triple no me inclinaría— ¡Pero esto es cosa diferente!
No he de luchar con los Poderes del Aire— ¡Centinela, déjalo pasar!
¡Baxtidas abajo—Es el Señor de todos nosotros— El Soñador cuyo sueño se hizo realidad!
A doscientas millas al norte de Chini, sobre la pizarra azul de Ladakh, yace Yankling Sahib, el de alegre talante, escudriñando con furia a través de las crestas en busca de alguna señal de su rastreador favorito: un hombre de Ao-chung. Pero ese renegado, con un nuevo rifle Männlicher y doscientos cartuchos, se encuentra en otra parte, cazando ciervos almizcleros para el mercado, y Yankling Sahib se enterará la próxima temporada de lo muy enfermo que ha estado.
Por los valles de Bushahr—las águilas de mirada lejana del Himalaya se desvían ante su nuevo paraguas de gajos azules y blancos—, apresurado marcha un bengalí, que antaño fuera gordo y de buen parecer, y hoy está flaco y curtido por la intemperie. Ha recibido el agradecimiento de dos extranjeros distinguidos, a quienes guió con no poca habilidad hasta el túnel de Mashobra, que conduce a la gran y alegre capital de la India.
No fue culpa suya que, envuelto por brumas húmedas, los hubiera llevado más allá de la estación telegráfica y colonia europea de Kotgarh.