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XI. El malabarista

Ahora los jainistas reconocen oficialmente a todos los dioses del credo hindú, así como el Lingam y la serpiente. Llevan el cordón brahmánico; se adhieren a todas las exigencias de la ley de castas hindú. Pero, porque conocían y amaban al lama, porque era un anciano, porque buscaba el Camino, porque era su huésped y porque departía largo y tendido por las noches con el sumo sacerdote —un metafísico tan librepensador como el que más dividió un pelo en setenta—, murmuraron su asentimiento.

—Recuerda —Kim se inclinó sobre el niño—, este problema puede volver a repetirse.

—No, si posees el conjuro adecuado —dijo el padre.

“Pero dentro de poco nos iremos.”

—Es verdad —dijo el lama a todos los jainistas—. Ahora emprendemos juntos la Búsqueda de la que a menudo he hablado. Esperé hasta que mi chela estuvo madura. ¡He aquí lo tenéis! Vamos hacia el Norte. Jamás volveré a poner los ojos en este lugar de mi descanso, oh gente de buena voluntad.

—Pero yo no soy un mendigo.

El cultivador se puso de pie, aferrando al niño.

—Estad quietos. No turbéis al Santo —gritó un sacerdote.

—Ve —susurró Kim—. Vuélvete a reunir con nosotros bajo el gran puente del ferrocarril y, por todos los dioses de nuestro Punyab, trae comida: curry, legumbres, tortas fritas en aceite y dulces. Dulces especialmente. ¡Date prisa!

La palidez del hambre le sentaba muy bien a Kim mientras estaba de pie, alto y esbelto, con sus amplias túnicas color arena, una mano en su rosario y la otra en actitud de bendición, copiada fielmente del lama. Un

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