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XII. El mar y las colinas

“Ah, chela, ¡mira cómo te ha alcanzado la desgracia! Curaste al hijo del Kamboh únicamente para adquirir mérito. Pero le echaste un conjuro al Mahratta con manejos soberbios —te observé— y con miradas de soslayo para desconcertar a un hombre muy, muy viejo y a un granjero tonto: de ahí la calamidad y la sospecha”.

Kim se dominó con un esfuerzo superior a sus años. No le gustaba más que a cualquier otro muchacho comer tierra o ser malinterpretado, pero se veía en un aprieto sin salida. El tren salió de Delhi hacia la noche.

—Es verdad —murmuró—. En lo que te he ofendido, he obrado mal.

“Es más, chela. Has desencadenado un Acto en el mundo y, como una piedra arrojada a un estanque, las consecuencias se propagan sin que puedas saber hasta dónde”.

Esta ignorancia fue muy favorable tanto para la vanidad de Kim como para la tranquilidad mental del lama, si pensamos que por entonces se estaba entregando en Simla un telegrama cifrado que informaba de la llegada de E.23 a Delhi y, lo que era más importante, del paradero de una carta que le habían encargado... sustraer. Incidentalmente, un policía demasiado entusiasta había arrestado, bajo el cargo de un asesinato cometido en un estado del extremo sur, a un corredor de algodón de Ajmir horriblemente indignado, que le estaba dando explicaciones a un tal señor Strickland en el andén de Delhi, mientras E.23 avanzaba a tientas por callejuelas hacia el corazón amurallado de la ciudad de Delhi. En dos horas varios telegramas habían llegado al enfurecido ministro de un estado sureño informando de que se había perdido todo rastro de un mahratta algo magullado; y para cuando el tren sin prisa se detuvo en Saharunpore, la última onda de la piedra que Kim había ayudado a arrojar lamía los escalones de una mezquita en el lejano Rum —donde turbó a un hombre piadoso en plena oración—.

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