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XIII. El mar y las colinas

momento, ya se habían marchado sin posibilidad de recuperarlos; que el Rajá, su amo, se encontraba a noventa millas de distancia y, lejos de prestarles dinero y un séquito para el viaje a Simla, sin duda los arrojaría a prisión si se enteraba de que habían golpeado a un sacerdote. Se explayó sobre este pecado y sus consecuencias hasta que le suplicaron que cambiara de tema. Su única esperanza, dijo, era la huida sin llamar la atención, de aldea en aldea, hasta llegar a la civilización; y, deshecho en lágrimas por centésima vez, les exigió a los altos astros que le explicaran por qué los sahibs «habían golpeado a un hombre santo».

Diez pasos habrían llevado a Hurree hacia la penumbra crujiente, totalmente fuera del alcance de ellos, hasta el refugio y la comida del pueblo más cercano, donde los médicos de lengua fácil escaseaban. Pero él prefería soportar el frío, los retortijones de hambre, los insultos y los golpes ocasionales en compañía de sus honrados patronos. Agazapado contra el tronco de un árbol, sollozó con melancolía.

—¿Y habéis pensado —dijo el hombre ileso con ardor— qué clase de espectáculo ofreceremos deambulando por estas colinas entre estos aborígenes?

Hurree Babu no había pensado en otra cosa durante varias horas, pero el comentario no iba dirigido a él.

—¡No podemos andar! Apenas puedo caminar —se quejó la víctima de Kim.

“Tal vez el hombre santo sea misericordioso en su amor bondadoso, señor, de otro modo⁠—”

—Me prometo el peculiar placer de vaciar mi revólver en ese joven bonzo la próxima vez que nos veamos —fue la poco cristiana respuesta.

“¡Revólveres! ¡Venganza! ¡Bonzos!”

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