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VI. The Mavericks

—Buenos días, padre —dijo el inglés con alegría—. Lo conozco bastante bien de reputación. Tenía la intención de haber venido a visitarlo antes. Soy Creighton.

—¿Del Servicio Etnológico? —dijo el padre Víctor. El inglés asintió con la cabeza. —¡Válgame Dios, pues me alegra mucho conocerlo!; y le debo algunas gracias por haber traído de vuelta al muchacho.

—No gracias a mí, Padre. Además, el muchacho no se iba a ir. Usted no conoce al viejo Mahbub Ali.

El traficante de caballos se sentó impasible bajo la luz del sol. «Ya lo conocerá cuando lleve un mes en la estación. Él nos vende todos nuestros matungos. Ese muchacho es toda una rareza. ¿Puede decirme algo sobre él?».

—¿Puedo contárselo? —exhaló el padre Víctor—. ¡Usted será el único hombre que podría ayudarme en mis aprietos. ¡Contárselo! ¡Poderes de las Tinieblas, me muero por contárselo a alguien que sepa algo de los nativos!

Apareció un mozo a la vuelta de la esquina. El coronel Creighton elevó la voz y habló en urdú.

“Muy bien, Mahbub Ali, ¿pero de qué sirve contarme todas esas historias sobre el poni? Ni un pie más de trescientos cincuenta rupias voy a dar”.

—El sahib está un poco caluroso y enojado después de cabalgar —respondió el chalán con la sonrisa burlona de un bufón privilegiado—. Dentro de poco, verá los méritos de mi caballo con más claridad. Esperaré hasta que haya terminado su charla con el padre. Esperaré bajo aquel árbol.

—¡Maldito seas! —El Coronel se echó a reír—. Eso te pasa por mirar uno de los caballos de Mahbub. Es una auténtica sanguijuela, Padre. Espera,

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