Sus pensamientos eran múltiples y variados. El menor de ellos habría interesado a sus compañeros más allá de toda palabra. Pero era un guía amigable, siempre entusiasta por señalar las bellezas del dominio de su real amo. Poblaba las colinas con cualquier animal que tuvieran antojo de cazar —tar, íbice o markhor, y osos con la venia de Eliseo—. Disertaba sobre botánica e etnología con una inexactitud irreprochable, y su repertorio de leyendas locales —recuérdese que había sido un agente de confianza del Estado durante quince años— era inagotable.
—Decididamente este tipo es un original —dijo el más alto de los dos extranjeros—. Es como la pesadilla de un correo vienés.
—Él representa in petto a la India en transición: el hibridismo monstruoso de Oriente y Occidente —respondió el ruso—. Somos nosotros quienes sabemos tratar con los orientales.
«Ha perdido su propio país y no ha adquirido ningún otro. Pero siente un odio absoluto hacia sus conquistadores. Escucha. Me lo confió anoche», etc.
Bajo el paraguas de listas, Hurree Babu se esforzaba con oído y cerebro por seguir el torrente de francés que caía, y mantenía ambos ojos fijos en un kilta lleno de mapas y documentos: uno extragrande con una doble cubierta de tela encerada roja. No deseaba robar nada. Solo deseaba saber qué robar y, de paso, cómo huir una vez que lo hubiera robado. Daba gracias a todos los dioses del Indostán y a Herbert Spencer por el hecho de que aún quedaran algunos objetos de valor que robar.
Al segundo día el camino ascendió empinadamente hasta un saliente de hierba por encima del bosque; y fue aquí, hacia la puesta del sol, donde se encontraron con un lama anciano —aunque ellos lo llamaban bonzo— sentado con las piernas cruzadas sobre un mapa misterioso sujeto por piedras, el cual le explicaba a un joven, de una belleza singular aunque descuidada, que evidentemente era un neófito. El paraguas a rayas había