Kim lo contempló con interés. Su despreciable amigo además sabía mover las orejas, casi como una cabra, y a Kim le decepcionó que este hombre nuevo no pudiera imitarlo.
—No temas —dijo Lurgan Sahib de pronto.
¿Por qué habría de temer?
“Dormirás aquí esta noche, y te quedarás conmigo hasta que sea hora de marchar de nuevo a Nucklao. Es una orden”.
—Es una orden —repitió Kim—. ¿Pero dónde voy a dormir?
“Aquí, en esta habitación”. Lurgan Sahib hizo un gesto con la mano hacia la oscuridad que tenía detrás.
—Que así sea —dijo Kim con aplomo—. ¿Ahora?
Éste asintió y levantó el quinqué por encima de su cabeza. Al barrerlos la luz, saltaron de las paredes una colección de máscaras tibetanas de danzas de demonios, colgadas sobre los cortinajes bordados de demonios de aquellas espantosas funciones—máscaras astadas, máscaras ceñudas y máscaras de terror idiótico. En un rincón, un guerrero japonés, acorazado y emplumado, lo amenazaba con una alabarda, y una veintena de lanzas, khandas y kuttars devolvían el destello inestable. Pero lo que a Kim le interesaba más que todas estas cosas—había visto máscaras de danzas de demonios en el Museo de Lahore—era la visión del niño hindú de ojos apacibles que lo había dejado en el umbral, sentado con las piernas cruzadas bajo la mesa de perlas y con una pequeña sonrisa en sus labios escarlatas.
“Creo que Lurgan Sahib desea hacerme tener miedo. Y estoy seguro de que ese mocoso del demonio que está debajo de la mesa desea verme con miedo.