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—Muy bien, entonces —dijo Creighton, medio para sus adentros—. Puede ir con el lama, y si a Hurree Babu le importa vigilarles, tanto mejor. No meterá al muchacho en ningún peligro como lo haría Mahbub. Qué curioso... su deseo de ser F.R.S. Muy humano, también. Donde mejor se desempeña es en el lado etnológico, Hurree.

Ningún dinero ni favor habría apartado a Creighton de su labor en el Atlas de la India, pero en lo más profundo de su corazón también latía la ambición de escribir «F.R.S.» tras su nombre. Sabía que se podían obtener honores de cierta clase mediante el ingenio y la ayuda de amigos, pero, a ciencia cierta, nada salvo el trabajo —artículos que representaran una vida entera dedicada a ello— introducía a un hombre en la Sociedad, a la que llevaba años bombardeando con monografías sobre extraños cultos asiáticos y costumbres desconocidas. Nueve de cada diez hombres huirían despavoridos de una velada de la Royal Society en un extremo tedio; pero Creighton era el décimo, y a veces su alma suspiraba por las abarrotadas salas en la apacible Londres donde caballeros de cabello plateado y calvos que nada saben del Ejército se mueven entre experimentos espectroscópicos, las plantas menores de las tundras heladas, máquinas eléctricas para medir el vuelo y aparatos para seccionar en milímetros fraccionarios el ojo izquierdo de la hembra del mosquito. Por todo derecho y razón, debió haber sido la Real Sociedad Geográfica la que le atrajera, pero los hombres son tan caprichosos como los niños en la elección de sus juguetes. Así pues, Creighton sonrió y estimó un poco más a Hurree Babu, movido por el mismo deseo.

Soltó el puñal fantasmal y miró a Mahbub.

—¿Cuándo podremos sacar al potro del establo? —dijo el traficante de caballos, leyéndole la mirada.

—¡Mjum! Si lo retiro por orden ahora, ¿qué hará, cree usted? Nunca antes he asistido a la enseñanza de alguien semejante.

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