Subiremos a las Colinas —las altas colinas—, al son de las aguas de la nieve y al son de los árboles, por un poco de tiempo. El hakim dijo que en cualquier momento podemos volver a las Llanuras, pues no hacemos más que rozar los lugares agradables. El hakim está lleno de sabiduría, pero no es nada orgulloso. Le hablé —cuando tú estabas hablando con la Sahiba— de cierto mareo que se apodera de la nuca por la noche, y él dijo que provenía de un calor excesivo, que se cura con aire fresco. Pensándolo bien, me extrañó no haber pensado en un remedio tan simple”.
—¿Le hablaste de tu Búsqueda? —dijo Kim, con un poco de celos. Prefería influir en el lama con sus propias palabras, y no mediante las artimañas de Hurree Babu.
“Ciertamente. Le hablé de mi sueño, y de la manera en que había adquirido mérito al hacer que te enseñaran la sabiduría”.
—¿No dijiste que yo era un Sahib?
—¿Qué necesidad? Te he dicho muchas veces que no somos sino dos almas que buscan la huida. Él dijo —y en esto es justo— que el Río de la Curación brotará tal como soñé, a mis pies, si es menester. Habiendo hallado el Camino, ¿ves?, que ha de librarme de la Rueda, ¿he de inquietarme por hallar un camino en los meros campos de la tierra, que son ilusión? Eso carecería de sentido. Tengo mis sueños, noche tras noche repetidos; tengo el Jâtaka; y te tengo a ti, Amigo de todo el Mundo. Estaba escrito en tu horóscopo que un Toro Rojo sobre un campo verde —no lo he olvidado— habría de llevarte al honor. ¿Quién si no yo vio cumplida esa profecía? En verdad, fui el instrumento. Tú habrás de encontrarme mi Río, siendo a cambio el instrumento. ¡La Búsqueda es segura!
Volvió su rostro marfileño, sereno y apacible, hacia las Colinas que lo llamaban; su sombra proyectándose muy por delante de él en el polvo.