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VII

muy diferente de aquel alegre descenso en tercera clase con el lama. «Los sahibs sacan poco provecho de viajar», reflexionó. «¡Hai mai! Voy de un lugar a otro como si fuera una pelota de trapo. Es mi Kismet. Nadie puede escapar de su Kismet. Pero he de rezar a Bibi Miriam, y soy un sahib» —se miró las botas con desconsuelo—. «No; soy Kim. Este es el gran mundo, y yo solo soy Kim. ¿Quién es Kim?». Se puso a reflexionar sobre su propia identidad, algo que nunca había hecho antes, hasta que le dio vueltas la cabeza. Era una persona insignificante en todo este torbellino rugiente de la India, rumbo al sur hacia un destino que ignoraba.

Al poco tiempo, el Coronel lo mandó llamar y estuvieron hablando un buen rato. Por lo que Kim pudo deducir, debía ser aplicado e ingresar en el Servicio Topográfico de la India como auxiliar de cadena. Si se portaba muy bien y aprobaba los exámenes correspondientes, ganaría treinta rupias al mes a los diecisiete años, y el coronel Creighton se encargaría de buscarle un empleo adecuado.

Kim fingió al principio entender tal vez una palabra de cada tres de aquella charla. Luego el coronel, al percatarse de su error, pasó a un urdú fluido y pintoresco, y Kim se sintió satisfecho. Ningún hombre podía ser un tonto si conocía tan íntimamente la lengua, si se movía con tanta suavidad y silencio, y si tenía unos ojos tan distintos de los ojos apagados y regordetes de los otros Sahibs.

“Sí, y tú debes aprender a hacer dibujos de caminos, montañas y ríos, a llevar estos dibujos en los ojos hasta que llegue el momento oportuno de pasarlos al papel. Tal vez algún día, cuando seas un chain-man, te diga cuando estemos trabajando juntos:

«Cruza esas colinas y mira qué hay más allá».

Entonces uno dirá: «Hay gente mala viviendo en esas colinas que matará al chain-man si se le ve con aspecto de Sahib». ¿Qué harás entonces?”

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