¿Quién ha ansiado el Mar, la visión de agua salada infinita? ¿El vaivén y el frenazo, el choque y el rugir de la ola por el viento batida? ¿El lomo terso antes de la tormenta —gris, sin espuma, enorme y creciendo? ¿La calma inerte en el regazo de la Línea, o el huracán de mirada loca soplando? ¿Su Mar que en nada parece el mismo —su Mar que es el mismo bajo cualquier faz—, su Mar que colma su ser? ¡Así y de ningún otro modo —así y de ningún otro modo los montañeses desean sus Montes!
—He vuelto a encontrar mi corazón —dijo E.23, al amparo del tumulto del andén—. El hambre y el miedo aturden a los hombres, o se me habría ocurrido esta huida antes. Tenía razón. Vienen a buscarme. Has salvado mi cabeza.
Un grupo de policías de Panyab con pantalones amarillos, encabezado por un joven inglés acalorado y sudoroso, abrió paso entre la multitud que rodeaba los carruajes. Detrás de ellos, tan discreto como un gato, deambulaba un individuo regordete y bajito que parecía el pasante de un abogado.
—Mira al joven Sahib leyendo un papel. Mi descripción está en su mano —dijo E.23—. Van carro a carro, como pescadores redando una poza.
Cuando la procesión llegó a su compartimento, E.23 estaba contando sus cuentas con un movimiento de muñeca firme y rítmico, mientras Kim se burlaba de él por estar tan aturdido como para haber perdido las tenazas de fuego anilladas que son el distintivo del saddhu. El lama, absorto en la meditación, miraba fijamente al frente; y el granjero, echando una mirada furtiva, recogió sus pertenencias.