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XII. El mar y las colinas

“Son bien recibidos por Hilás y Bunár. Hacen grandes promesas; hablan como portavoces de un Kaisar con regalos. Suben por los valles, bajan por los valles, diciendo: ‘Aquí hay un lugar para construir un parapeto; aquí podéis plantar un fuerte. Aquí podéis defender el camino contra un ejército’⁠—los mismos caminos por los cuales pagué las rupias mensualmente. El Gobierno lo sabe, pero no hace nada. Los otros tres reyes, a quienes no se pagaba por custodiar los pasos, les informan mediante mensajeros de la mala fe de Bunár y Hilás. Cuando todo el mal está hecho, ved bien⁠—cuando estos dos extranjeros con los niveles y las brújulas hacen creer a los Cinco Reyes que un gran ejército barrerá los pasos mañana o pasado mañana⁠—la gente de las colinas es tonta de remate⁠—, me llega la orden a mí, Hurree Babu: ‘Ve al Norte y mira lo que hacen esos extranjeros’. Le digo a Creighton Sahib: ‘Esto no es un pleito para andar recolectando pruebas’”.

Hurree regresó a su inglés de golpe:

“—‘By Jove’, le dije, ‘¿por qué demonios no emiten órdenes semioficiales a algún hombre valiente para que los envenene, como escarmiento? Es, si me permite la observación, una laxitud de su parte de lo más censurable’. ¡Y el coronel Creighton se rió de mí! Es todo ese maldito orgullo inglés suyo. ¡Creen que nadie se atreve a conspirar! Todo eso es una patraña”.

Kim fumaba despacio, sopesando el asunto, hasta donde lo entendía, en su mente ágil.

—¿Entonces vas a partir tras los extranjeros?

—No; a recibirlos. Vienen a Simla para enviar sus cornamentas y cabezas a Calcuta para que las sequen y monten. Son caballeros exclusivamente aficionados a la caza, y el Gobierno les concede facilidades especiales. Por supuesto, siempre hacemos eso. Es nuestro orgullo británico.

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