desportillado en el borde. Hay una turquesa de Turkestán, lisa con vetas negras, y hay dos grabadas: una con el Nombre de Dios en dorado, y la otra está partida de lado a lado, pues salió de un anillo viejo; no la puedo leer. Ya tenemos las cinco piedras azules. Hay cuatro esmeraldas con defectos, pero una está taladrada en dos partes y otra está un poco tallada...
—¿Sus pesos? —dijo Lurgan Sahib con impasibilidad.
“Tres—cinco—cinco—y cuatro rutis a mi parecer. Hay un trozo de ámbar de pipa viejo y verdoso, y un topacio tallado de Europa. Hay un rubí de Birmania, de dos rutis, sin defecto, y hay un balaje, con defectos, de dos rutis. Hay un marfil tallado de China que representa a una rata chupando un huevo; y está por último—¡ajá!—una bola de cristal del tamaño de un grano montada en una hoja de oro”.
Dio una palmada al terminar.
—És tu amo —dijo Lurgan Sahib, sonriendo.
—¡Ajá! ¡Conocía los nombres de las piedras! —dijo Kim, enrojeciendo—. ¡Inténtalo de nuevo! Con cosas comunes que tanto él como yo conozcamos.
Volvieron a amontonar la bandeja con baratijas recogidas en la tienda, e incluso en la cocina, y cada vez el niño ganaba, hasta que Kim se quedó maravillado.
—Véndame los ojos—lo desafió—; déjame palpar una vez con los dedos, y aun así te dejaré con los ojos abiertos a tus espaldas.
Kim pateó con vexación cuando el muchacho cumplió su alarde.
—Si fueran hombres, o caballos —dijo—, podría hacerlo mejor. Este juego con pinzas, cuchillos y tijeras es demasiado pequeño.