El asunto de Kim, dijo el viejo mientras comían tortitas juntos, era adquirir toda la sabiduría de los sahibs y entonces ya vería.
La Mano de la Amistad de algún modo debió de haber evitado el Lázigo de la Calamidad, pues seis semanas más tarde Kim parece haber aprobado un examen de topografía elemental «con gran mérito», a la edad de quince años y ocho meses.
A partir de esta fecha, el registro enmudece. Su nombre no figura en la tanda anual de quienes se presentaron al Servicio Subordinado de la India, sino que junto a él aparecen las palabras «destituido por nombramiento».
Varias veces en esos tres años, arrojado al Templo de los Tirthankars en Benarés, apareció el lama, un poco más delgado y un tono más amarillento, si eso fuera posible, pero tan apacible e incorrupto como siempre.
A veces venía del Sur —desde el sur de Tuticorin, de donde parten los maravillosos barcos de fuego hacia Ceilán, donde hay sacerdotes que saben pali—; a veces del húmedo y verde Oeste y de las mil chimeneas de las fábricas de algodón que rodean Bombay; y una vez del Norte, adonde había dado media vuelta ochocientas millas para hablar por un día con el Guardián de las Imágenes en la Casa de las Maravillas.
Caminaba a grandes zancadas hacia su celda sobre el fresco mármol cortado —los sacerdotes del Templo eran buenos con el anciano—, se lavaba el polvo del viaje, rezaba y partía hacia Lucknow, ya muy acostumbrado al manejo del ferrocarril, en un vagón de tercera clase. A la vuelta, era de notar, como señaló su amigo el Buscador al sumo sacerdote, que dejaba de lamentar por un tiempo la pérdida de su Río o de trazar maravillosas imágenes de la Rueda de la Vida, y prefería hablar de la belleza y la sabiduría de cierto chela misterioso a quien ningún hombre del Templo había visto jamás.