“Aquí no hay más que un puñado de santurrones”, dijo el inglés en voz alta, y siguió de largo entre un murmullo de inquietud; pues la policía nativa es sinónimo de extorsión para los nativos en toda la India.
—El problema ahora —susurró E.23—, radica en enviar un telegrama sobre el lugar donde oculté esa carta que me enviaron a buscar. No puedo ir a la oficina de telégrafos con esta traza.
“¿No es suficiente con que te haya salvado el cuello?”
“No si la obra queda sin terminar. ¿Nunca te lo dijo el sanador de perlas enfermas? ¡Ahí viene otro Sahib! ¡Ah!”
Era este un Superintendente de Policía de estatura más bien alta y tez cetrina —cinturón, casco, espuelas relucientes y todo—, que desfilaba con arrogancia y se retorcía el oscuro bigote.
“¡Qué tontos son estos Police Sahibs!”, dijo Kim afablemente.
E.23 alzó la vista por debajo de los párpados. —Bien dicho —murmuró con voz cambiada—. Voy a beber agua. Guárdame el sitio.
Tropiezos mediante, fue a dar casi en los brazos del inglés, quien lo recibió con improperios en un torpe urdu.
«¿Tum mut? ¿Estás borracho? No debes ir dando tumbos por ahí como si la estación de Delhi te perteneciera, amigo mío».
E.23, sin mover un solo músculo del rostro, respondió con un torrente de los insultos más sucios, de los que Kim naturalmente se alegró. Le recordaba a los tambores y a los barrenderos de los cuarteles de Umballa en la época terrible de su primera escolarización.
—Mi buen tonto —vocalizó perezosamente el inglés—. ¡Nickle-jao! Vuelve a tu carruaje.