toda la sabiduría de los sahibs”.
“Los Sahibs nunca envejecen. Bailan y juegan como niños cuando ya son abuelos. Una raza de espaldas fuertes”, canturreó la voz dentro del palanquín.
—Yo también tengo nuestros medicamentos que disuelven los humores de la cabeza en los hombres coléricos e irritables. Siná bien mezclado cuando la luna se encuentra en la Casa adecuada; tierras amarillas tengo —arplan de China que hace que un hombre renueve su juventud y asombre a su familia—; azafrán de Cachemira y el mejor salep de Kabul. Mucha gente ha muerto antes de...
—Eso lo creo firmemente —dijo Kim.
“Ellos conocían el valor de mis drogas. No doy a mis enfermos la mera tinta con la que se escribe un talismán, sino drogas calientes y desgarradoras que descienden y luchan contra el mal”.
—Muy poderosamente lo hacen —suspiró la anciana.
La voz se lanzó a un inmenso relato de desgracia y bancarrota, salpicado de abundantes peticiones al Gobierno. “De no ser por mi destino, que todo lo domina, ahora estaría al servicio del Gobierno. Poseo un título de la gran escuela de Calcuta—a donde, tal vez, irá el hijo de esta Casa”.
“Y tanto que lo hará. Si el mocoso de nuestro vecino puede convertirse en pocos años en un F. A.” (First Arts —empleó la palabra en inglés, que había oído tan a menudo)—, “cuánto más los niños tan listos como algunos que conozco se llevarán premios en la rica Calcuta”.
—¡Jamás —dijo la voz— he visto a semejante niño! Nacido en una hora propicia y —a no ser por ese cólico que, ¡ay!, al convertirse en bilis negra, puede llevárselo como a una paloma— destinado a muchos años, es envidiable.