Conocía aquellos curiosos anuncios en un inglés mestizo de las últimas páginas de los periódicos nativos. Los chicos de St. Xavier a veces los llevaban a escondidas para soltarse una risita entre sus compañeros; pues el lenguaje del paciente agradecido al relatar sus síntomas es de lo más simple y revelador. El oriya, no poco deseoso de enfrentar a un parásito contra el otro, se escabulló hacia el palomar.
—Sí —dijo Kim con mesurado desdén—. Su mercancía es un poco de agua coloreada y una gran dosis de desvergüenza. Sus presas son reyes arruinados y bengalíes sobrealimentados. Su beneficio son los niños... que no han nacido.
La anciana se rio entre dientes.
«No tengas envidia. Los encantamientos son mejores, ¿eh? Nunca lo he negado. Procura que tu Santo me escriba un buen amuleto para la mañana».
“Nadie sino los ignorantes niega”—una voz ronca y profunda retumbó a través de la oscuridad, mientras una figura se detenía en cuclillas—“Nadie sino los ignorantes niega el valor de los amuletos. Nadie sino los ignorantes niega el valor de las medicinas”.
—Un ratón encontró un trozo de cúrcuma. Y dijo: “Voy a abrir una tienda de comestibles” —, replicó Kim.
La batalla estaba librándose de verdad ahora, y la oyeron a la anciana ponerse firme de atención.
“El hijo del sacerdote conoce los nombres de su nodriza y de tres Dioses. Dice: «Escuchadme, o os maldeciré por los tres millones de Grandes»”. Decididamente, este invisible tenía algún que otro as en la manga. Continuó: “No soy más que un maestro de el abecedario. He aprendido