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II. El lama y la estación

que tenían.

Y al fin⁠—cansados, con sueño y cubiertos de polvo⁠—llegaron a la estación de la ciudad de Umballa.

—Vivimos aquí por un pleito —dijo la mujer del labrador a Kim—. Nos alojamos con el hermano menor del primo de mi marido. También hay sitio en el patio para tu yogui y para ti. ¿Quieres... nos dará una bendición?

—¡Oh, hombre santo! Una mujer con un corazón de oro nos da alojamiento para la noche. Es una tierra bondadosa, esta tierra del Sur. ¡Mira cómo nos han ayudado desde el alba!

El lama inclinó la cabeza en señal de bendición.

—Llenar la casa del hermano menor de mi primo de holgazanes... —comenzó el marido, mientras se terciaba al hombro su pesada vara de bambú.

—El hermano menor del primo de tu esposo le debe todavía algo a la prima de mi padre por el banquete de bodas de su hija —dijo la mujer con sequedad—. Que cargue la comida de ellos a esa cuenta. El yogui mendigará, no lo dudo.

—Ay, ruego por él —dijo Kim, ansioso únicamente de poner al lama a buen recaudo para pasar la noche, a fin de poder buscar al inglés de Mahbub Ali y entregarle el pedigrí del semental blanco.

—Ahora —dijo, cuando el lama se hubo instalado en el patio interior de una casa hindú decente, detrás del acantonamiento—, me voy por un rato a... a comprarnos víveres al bazar. No te alejes hasta que yo vuelva.

“¿Volverás? ¿Volverás sin falta?”. El anciano lo agarró de la muñeca.

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