el bosque los acogió en su seno y, a pesar de juramentos y clamores, se negó a devolverlos.
No había necesidad de fingir locura o —el Babu había pensado en otro medio para asegurarse una bienvenida—. Escurrió su ropa mojada, se calzó los zapatos de charol, abrió el paraguas azul y blanco y, con paso melindroso y el corazón latiéndole en la garganta, se presentó como «agente de Su Alteza Real, el rajá de Rampur, caballeros. ¿En qué les puedo servir, por favor?».
Los caballeros estaban encantados. Uno era visiblemente francés, el otro ruso, pero hablaban un inglés no muy inferior al del Babu. Le rogaron su amable intervención. Sus sirvientes nativos habían enfermado en Leh. Se habían dado prisa porque estaban deseosos de llevar los trofeos de caza a Simla antes de que las pieles se apolillaran. Llevaban una carta de presentación general (el Babu hizo una reverencia oriental ante ella) para todos los funcionarios del Gobierno. No, no se habían cruzado con ninguna otra