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XIV

dijo la verdad. ¡Por Júpiter! Es un buen botín. Ojalá Hurree pudiera saberlo... Lo demás tiene que irse por la ventana. Manoseó una soberbia brújula prismática y la brillante superficie de un teodolito. Pero, al fin y al cabo, un sahib no puede robar como si nada, y los objetos podrían constituir una prueba inconveniente más adelante. Seleccionó cada fragmento de manuscrito, cada mapa y las cartas nativas. Hicieron un bloque más bien blando. Los tres libros cerrados con llave y lomo de metal, junto con cinco libretas gastadas, los dejó a un lado.

“Las cartas y el murasla debo llevarlos dentro del abrigo y bajo el cinturón, y los libros escritos a mano debo meterlos en la bolsa de la comida. Será muy pesado. No. No creo que haya nada más. Si lo hay, los culíes lo han tirado al khud, así que todo va bien. Ahora vete tú también”.

Volvió a empaquetar el kilta con todo lo que pretendía perder y lo alzó hasta el alféizar de la ventana. Mil pies más abajo yacía un banco de niebla largo, perezoso y de lomos redondos, aún no tocado por el sol de la mañana. Mil pies más abajo se extendía un pinar centenario. Podía ver las copas verdes que parecían un lecho de musgo cuando un remolino de viento aclaraba la nube.

“¡No! ¡No creo que nadie vaya tras de ti!”

El cesto oscilante vomitó su contenido al caer. El teodolito chocó contra un saliente de la roca y estalló como un proyectil; los libros, tinteros, cajas de acuarelas, brújulas y reglas brillaron durante unos segundos como un enjambre de abejas. Luego desaparecieron; y, aunque Kim, asomado medio cuerpo por la ventana, esforzaba sus jóvenes oídos, ni un solo sonido subió desde el abismo.

«Quinientas, mil rupias no podrían comprarlos —pensó con tristeza—. Fue muy descuidado, pero tengo todas sus otras cosas, todo lo que hicieron, eso espero. Ahora bien, ¿cómo demonios voy a decírselo a

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