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V. El regreso de Kim

“Es el mejor trabajo que has hecho en tu vida para tu propio bien, muchacho”, dijo Bennett.

—Dios mío, no sé cómo consolarlo —dijo el padre Víctor, observando atentamente al lama—. No puede llevarse al muchacho con él, y sin embargo es un buen hombre; estoy seguro de que es un buen hombre. Bennett, ¡si le das esa rupia, te maldecirá hasta la raíz!

Se escucharon el uno al otro respirar⁠—tres⁠—cinco minutos enteros. Luego el lama levantó la cabeza y miró por encima de ellos hacia el espacio y el vacío.

—Y yo soy un Seguidor del Camino —dijo con amargura—. El pecado es mío y el castigo es mío. Me hice creer a mí mismo —porque ahora veo que no fue más que un fingimiento— que fuiste enviado a mí para ayudarme en la Búsqueda. Así que mi corazón se encariñó contigo por tu caridad, tu cortesía y la sabiduría de tus pocos años. Pero aquellos que siguen el Camino no deben permitir el fuego de ningún deseo o apego, pues todo eso es Ilusión. Como dice... —Citó un texto chino muy, muy antiguo, lo respaldó con otro y reforzó ambos con un tercero—. Me desvié del Camino, chela mío. No fue culpa tuya. Me regocijé ante la visión de la vida, de la nueva gente en los caminos, y en tu alegría al ver estas cosas. Me complació tu presencia, cuando yo solo debía haber considerado mi Búsqueda y nada más que mi Búsqueda. ¡Ahora estoy triste porque te han apartado de mí y mi Río está lejos de mí! ¡Es la Ley lo que he quebrantado!

«¡Poderes de las Tinieblas de allá abajo!», dijo el padre Víctor, quien, sabio en el confesionario, escuchaba el dolor en cada frase.

“Ahora comprendo que la señal del Toro Rojo era una señal tanto para mí como para ti. Todo Deseo es rojo y malvado. Haré penitencia y encontraré mi Río a solas”.

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