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VII

—Sí, supongo que sí —dijo el amo—. No te hará ningún mal para mantenerte alejado de travesuras. Puedes subir con el joven De Castro hasta Delhi.

Kim lo sopesó desde todos los puntos de vista posibles. Había sido aplicado, tal como le aconsejara el Coronel. Las vacaciones de un muchacho son de su exclusiva propiedad —de eso tanto le habían hablado sus compañeros— y una escuela de cuartel sería un tormento después de St. Xavier’s.

Además —y esto era magia superior a cualquier otra— sabía escribir. En tres meses había descubierto cómo los hombres pueden hablar entre sí sin terceras personas, a costa de medio anna y un poco de conocimiento.

No había llegado noticia alguna del lama, pero quedaba el Camino. Kim añoraba la caricia del blando lodo resbalando entre los dedos de los pies, del mismo modo que se le hacía la boca agua pensando en el cordero guisado con mantequilla y coles, en el arroz salpicado de cardamomos de fuerte aroma, en el arroz teñido de azafrán, el ajo y las cebollas, y los prohibidos y grasientos dulces de los bazares.

En la escuela de cuartel le darían carne de ternera cruda en un plato, y tendría que fumar a escondidas. Pero, por otra parte, él era un sahib y estaba en St. Xavier’s, y aquel cerdo de Mahbub Ali… No, no pondría a prueba la hospitalidad de Mahbub… y, sin embargo…

Lo meditó a solas en el dormitorio y llegó a la conclusión de que había sido injusto con Mahbub.

La escuela estaba vacía; casi todos los maestros se habían marchado; el pase de ferrocarril del coronel Creighton reposaba en su mano y Kim se enorgullecía de no haber gastado el dinero del coronel Creighton ni el de Mahbub en vida licenciosa.

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