No fue su culpa, sino la de los Dioses, de quienes hablaba con tanta gracia, que los condujo a las fronteras de Nahan, donde el Rajá de dicho Estado los confundió con soldados británicos desertores. Hurree Babu explicó la grandeza y gloria de sus compañeros en su propio país, hasta que el modorroso reyezuelo sonrió. Se lo explicó a todo el que preguntó —muchas veces— en voz alta— de distintas maneras. Pidió comida, dispuso alojamiento, demostró ser un hábil sanguinero para una lesión en la ingle —un golpe como el que uno puede recibir al rodar por una ladera cubierta de rocas en la oscuridad— y se mostró indispensable en todo.
El motivo de su amabilidad le honraba. Con millones de coervos, había aprendido a ver en Rusia a la gran liberadora del Norte. Era un hombre temeroso.
Había temido no poder salvar a sus ilustres patrones de la ira de un campesinado exaltado. A él tanto le daba golpear a un hombre santo como no, pero...
Estaba profundamente agradecido y se alegraba sinceramente de haber hecho su «pequeño posible» para que su empresa tuviera —dejando a un lado el equipaje perdido— un final exitoso; había olvidado los golpes; negaba que se hubiese propinado golpe alguno aquella indecorosa primera noche bajo los pinos.
No pidió ni pensión ni iguala, sino que, si lo juzgaban digno, ¿le escribirían un certificado? Podría serle útil más adelante, si otros, amigos de ellos, cruzaban los Puertos.
Rogaba que lo recordaran en sus futuras grandezas, pues «opinaba sutilmente» que él, aun él, Mohendro Lal Dutt, maestro en artes por Calcuta, había «prestado algún servicio al Estado».
Le entregaron un certificado en el que alababan su cortesía, su disposición a ayudar y su infalible destreza como guía. Él se lo guardó en