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III

El carretero corrió bajo las ruedas de su carro y desde allí profirió toda clase de amenazas.

—Son hombres fuertes, tus hijos —dijo el policía serenamente, mondándose los dientes.

El jinete asestó un último y cruel latigazo y se acercó al trote corto.

“¡Padre mío!” Contuvo las riendas a diez yardas y desmontó.

El viejo desmontó de su poni en un instante, y se abrazaron como se abrazan el padre y el hijo en Oriente.

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