El carretero corrió bajo las ruedas de su carro y desde allí profirió toda clase de amenazas.
—Son hombres fuertes, tus hijos —dijo el policía serenamente, mondándose los dientes.
El jinete asestó un último y cruel latigazo y se acercó al trote corto.
“¡Padre mío!” Contuvo las riendas a diez yardas y desmontó.
El viejo desmontó de su poni en un instante, y se abrazaron como se abrazan el padre y el hijo en Oriente.