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XI. El malabarista

muchos impuestos, pero nos da una cosa buena: el te-rain que une a los amigos y reúne a los preocupados. Una cosa maravillosa es el te-rain”.

Todos se amontonaron en él un par de horas más tarde y durmieron durante lo más intenso del calor del día. El kamboh acribilló a Kim a diez mil preguntas sobre la marcha y la obra vital del lama, y obtuvo algunas respuestas curiosas. Kim se contentaba con estar donde estaba, contemplar el llano paisaje noroccidental y hablar con la cambiante muchedumbre de pasajeros.

Aún hoy, los billetes y el perforar billetes son una oscura opresión para los campesinos indios. No comprenden por qué, cuando han pagado por un trozo mágico de papel, unos desconocidos deben arrancarle grandes pedazos al talismán. Por eso son largos y furiosos los debates entre los viajeros y los recaudadores euroasiáticos.

Kim asistió a dos o tres con consejos solemnes, destinados a oscurecer el debate y a lucir su sabiduría ante el lama y el admirado kamboh.

Pero en Somna Road las Parcas le enviaron un asunto en el que pensar. Irrumpió en el compartimento, cuando el tren se ponía en marcha, una personita mezquina y flaca; un maratí, a juzgar por la inclinación del apretado turbante. Tenía la cara cortada, su prenda superior de muselina estaba muy desgarrada y una pierna vendada. Les contó que un carro del país había volcado y casi lo mata: iba a Delhi, donde vivía su hijo.

Kim lo observó atentamente. Si, como afirmaba, lo habían hecho rodar una y otra vez por el suelo, debería haber señales de raspones de grava en la piel. Pero todas sus heridas parecían cortes limpios, y una simple caída de un carro no podía arrojar a un hombre a tal extremo de terror. Mientras, con dedos temblorosos, se ataba el trapo desgarrado alrededor del cuello, dejó al descubierto un amuleto de los que llaman guardacorazones.

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