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V. El regreso de Kim

“Espera. Esperemos”.

—Incluso ahora la oscuridad se disipa —dijo Kim. Era natural que el sol poniente terminara por filtrarse entre los troncos, a través de la arboleda, inundándola de una luz dorada y polvorienta por unos minutos; pero para Kim era la culminación de la profecía del brahmán de Umballa.

—¡Escucha! —dijo el lama—. ¡Tocan un tambor... a lo lejos!

Al principio el sonido, transmitido de forma diluida a través del aire quieto, se parecía al latido de una arteria en la cabeza. Pronto se le añadió nitidez.

—¡Ah! La música —explicó Kim—. Conocía el sonido de una banda regimental, pero aquello maravillaba al lama.

Al fondo de la llanura, una pesada y polvorienta columna apareció a la vista. Luego el viento trajo la melodía:

Anhelamos vuestra condescendencia Para contaros lo que sabemos ¡De marchar en los guardias Mulligan Hacia el puerto de Sligo más abajo!

Aquí rompieron los pífanos de voz estridente:

Echamos los fusiles al hombro, marchamos —nos marchamos. Desde Phoenix Park marchamos hasta la bahía de Dublín. Los tambores y los pitos, ¡oh, qué dulcemente tocaban!, mientras marchábamos —marchábamos— marchábamos— ¡con la Guardia de Mulligan!

Era la banda de los Mavericks la que tocaba para recibir al regimiento en el campamento; pues los hombres venían de marcha con todo su equipo. La serpenteante columna entró al llano —los carros a su zaga se

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