He conocido muchachos recién ingresados al servicio del Gobierno que fingían no entender el habla ni las costumbres de los hombres de color. Les descontaron el sueldo por ignorancia. No hay pecado tan grande como la ignorancia. Recuerda esto”.
Varias veces en el transcurso de la larga carrera hacia el sur de veinticuatro horas, el Coronel hizo llamar a Kim, desarrollando siempre este último tema.
—Todos vamos atados a la misma cuerda, entonces —dijo Kim por fin—, el Coronel, Mahbub Ali y yo, cuando me convierta en un hombre de cadena. Él me usará como me empleó Mahbub Ali, creo yo. Eso está bien, si me permite volver al camino otra vez. Estas ropas no se vuelven más cómodas con el uso.
Cuando llegaron a la abarrotada estación de Lucknow, no había rastro del lama. Se tragó su desilusión, mientras el Coronel lo metía a empujones en un ticca-gharri con sus pulcras pertenencias y lo enviaba solo a St. Xavier’s.
—No digo adiós, porque nos volveremos a encontrar —exclamó—. Otra vez, y muchas, si eres de buen espíritu. Pero aún no has sido probado.
—¿Y no cuando te traje —Kim se atrevió en realidad a usar el tuteo de los iguales— la genealogía de un semental blanco aquella noche?
—Mucho se gana olvidando, hermanito —dijo el coronel, con una mirada que atravesó los omóplatos de Kim mientras este se escurría hacia el vagón.
Le llevó casi cinco minutos recuperarse. Luego respiró el nuevo aire con aprecio.
—Una ciudad rica —dijo—. Más rica que Lahore. ¡Qué buenos deben ser los bazares! Cochero, condúceme un poco por los bazares de aquí.