documento no incriminaría a nadie. Y él subiría a Umballa sin prisa y —a un cierto riesgo de despertar nuevas sospechas— repetiría su historia de viva voz a los interesados.
Pero el informe de R17 era la semilla de todo el asunto, y resultaría claramente inconveniente que este no llegara a sus manos.
Sin embargo, Dios era grande, y Mahbub Ali sentía que había hecho todo lo posible por el momento. Kim era la única alma en el mundo que jamás le había mentido. Eso habría sido una mancha fatal en el carácter de Kim si Mahbub no hubiera sabido que ante los demás, para sus propios fines o para los negocios de Mahbub, Kim podía mentir como un oriental.
Luego Mahbub Ali rodó por el caravasar hasta la Puerta de las Harpías, que se pintan los ojos y atrapan al forastero, y se tomó la molestia de visitar a la muchacha que, según tenía motivos para creer, era amiga particular de un pandit cachemiro de rostro terso que había interceptado a su sencillo balti en el asunto de los telegramas.
Fue una acción sumamente necia, porque se pusieron a beber aguardiente perfumado contra la Ley del Profeta, y Mahbub se embriagó maravillosamente, y se le abrieron las puertas de la boca, y persiguió a la Flor del Deleite con los pasos de la embriaguez hasta que cayó de bruces entre los cojines, donde la Flor del Deleite, ayudada por un pandit cachemiro de rostro terso, lo registró de pies a cabeza minuciosamente.
Casi a la misma hora, Kim oyó unos pasos sigilosos en el puesto abandonado de Mahbub. El traficante de caballos, por extraño que parezca, había dejado la puerta sin llave, y sus hombres estaban ocupados celebrando su regreso a la India con un carnero entero, regalo de Mahbub. Un apuesto joven de Delhi, armado con un manojo de llaves que la Flor había desatado del cinto del desvalido, revisó todas y cada una de las cajas,