“El aire y el agua son buenos, y la gente es bastante devota, pero la comida es muy mala —gruñó Kim—; y caminamos como si estuviéramos locos—o fuéramos ingleses. Por la noche también hetea”.
“Un poco, tal vez; pero solo lo suficiente para hacer que los huesos viejos se regocijen al sol. No debemos deleitarnos siempre en camas suaves y comida rica”.
“Podríamos al menos mantenernos en el camino.”
Kim tenía todo el cariño propio de un hombre de las llanuras por el camino bien hollado, de ni seis pies de ancho, que serpenteaba entre las montañas; pero el lama, por ser tibetano, no podía reprimir su afición a los atajos por los contrafuertes y los bordes de laderas cubiertas de grava.
Como le explicaba a su cojeante discípulo, un hombre criado entre montañas puede presagiar el curso de un camino de montaña, y aunque las nubes bajas podían ser un estorbo para un extraño aficionado a los atajos, no suponían la menor diferencia para un hombre reflexivo.
Así, tras largas horas de lo que en los países civilizados se consideraría montañismo de primera, resoplaban al cruzar un collado, avanzaban de costado junto a unos cuantos desprendimientos y descendían a través del bosque con una pendiente de cuarenta y cinco grados para volver a incorporarse al camino.
A lo largo de su ruta se encontraban las aldeas de la gente de las colinas —cabañas de barro y tierra, con maderos a veces tallados toscamente a hacha—, aferradas como nidos de golondrina a las pendientes, apiñadas en diminutas mesetas a mitad de camino de un tobogán de tres mil pies; encajadas en un rincón entre acantilados que canalizaban y concentraban cada ráfaga errante; o, por amor a los pastos de verano, agazapadas en un collado que en invierno quedaría sepultado bajo diez pies de nieve.