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VIII

Muchísimos sahibs viajan por la carretera de Kalka y, como dice Mahbub Ali, todo joven sahib se cree un experto en caballos y, aunque esté hasta el cuello de deudas con el prestamista, disimula como si fuera a comprar. Esa era la razón por la cual sahib tras sahib, rodando en un carruaje de posta, se detenía y entablaba conversación. Algunos incluso descendían de sus vehículos y palpaban las patas de los caballos; hacían preguntas absurdas o, por pura ignorancia de la lengua vernácula, insultaban groseramente al impasible mercader.

—Cuando traté por primera vez con los Sahibs, y eso fue cuando el coronel Soady Sahib era gobernador del fuerte Abazai y anegó por despecho el campamento del comisario —le confió Mahbub a Kim mientras el muchacho llenaba su pipa bajo un árbol—, no sabía cuán grandes tontos eran, y eso me llenaba de ira. De este modo... —y le contó a Kim la historia de una expresión, mal utilizada con toda inocencia, que dobló a Kim de risa.

—Ahora veo, sin embargo —exhaló humo lentamente—, que con ellos pasa como con todos los hombres; en ciertos asuntos son sabios, y en otros muy necios. Muy necio es usar la palabra equivocada con un extranjero; pues aunque el corazón esté libre de ofensa, ¿cómo ha de saberlo el extranjero? Es más propenso a buscar la verdad con un puñal.

—Es verdad. Verdad verdadera —dijo Kim con solemnidad—. Los necios hablan de un gato cuando una mujer da a luz, por ejemplo. Los he oído.

“Por tanto, en alguien situado como tú, conviene especialmente recordar esto con ambas clases de rostros. Entre los sahibs, sin olvidar jamás que eres un sahib; entre la gente del Indostán, recordando siempre que eres…” Hizo una pausa, con una sonrisa perpleja.

“¿Qué soy yo? ¿Mussulmán, hindú, jainista o budista? Es un nudo difícil de desatar”.

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