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IV. Buena suerte

hogueras, son todo lo que señala un parao en la Gran Carretera Trunk; si se exceptúa a los mendigos y a los cuervos, ambos hambrientos.

Por entonces el sol lanzaba anchos rayos dorados a través de las ramas más bajas de los mangos; los pericos y las palomas regresaban por cientos; las charlatanas Hermanas de los Siete, de lomo gris, que hablaban de las aventuras del día, iban y venían en parejas y tríos casi bajo los pies de los viajeros; y los crujidos y rasguños en las ramas indicaban que los murciélagos estaban listos para salir a su guardia nocturna.

Con rapidez la luz se concentró, tiñendo por un instante los rostros, las ruedas de los carros y los cuernos de los bueyes de un rojo tan vivo como la sangre.

Luego cayó la noche, cambiando el tacto del aire, extendiendo una bruma baja y uniforme, como un velo de gasa azul, sobre la faz del campo, y haciendo surgir, nítido y distinto, el olor a humo de leña, a ganado y el agradable aroma a tortas de trigo cocidas sobre las cenizas.

La patrulla vespertina salió a toda prisa de la comisaría entre carraspeos importantes y órdenes repetidas; y una bola de carbón encendida en la cazoleta de la cachimba de un carretero al borde del camino brilló de color rojo mientras los ojos de Kim observaban mecánicamente el último parpadeo del sol sobre las pinzas de latón.

La vida del parao era muy parecida a la del caravasar de Cachemira, pero a pequeña escala. Kim se sumergió en aquel feliz desorden asiático que, si uno le da tiempo, le proporciona a un hombre sencillo todo lo que pueda necesitar.

Sus necesidades eran pocas, porque, como el lama no tenía reparos de casta, le servía la comida cocinada del puesto más cercano; pero, por darse un capricho, Kim compró un puñado de tortas de estiércol seco para encender una hoguera.

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