“¡Uf! Vi a Delhi temblar al menos... y Delhi es el ombligo del mundo”.
“¿Así que se volvieron contra las mujeres y los niños? Fue una mala acción, cuyo castigo no se puede evitar”.
“Muchos se esforzaron por hacerlo, pero con muy escaso provecho. Yo estaba entonces en un regimiento de caballería. Se disolvió. De seiscientos ochenta sables que se mantuvieron fieles a su bandera—¿cuántos, creéis? Tres. De los cuales yo era uno”.
“El mayor mérito”.
“¡Mérito! No considerábamos que fuera mérito en aquellos días. Mi gente, mis amigos, mis hermanos se alejaron de mí. Decían: ‘El tiempo de los ingleses se ha cumplido. Que cada uno se aparte un pequeño feudo para sí’.
Pero yo había hablado con los hombres de Sobraon, de Chilianwallah, de Moodkee y de Ferozeshah. Yo dije: ‘Esperad un poco y el viento cambiará. No hay bendición en esta obra’.
En aquellos días cabalgué setenta millas con una Memsahib inglesa y su bebé en el arzón de mi silla. (¡Vaya! ¡Ese sí era un caballo digno de un hombre!) Los puse a salvo, y volví junto a mi oficial—el único que no fue muerto de nuestros cinco—.
—Dame trabajo —dije—, porque soy un pariente pobre entre los de mi propia clase, y la sangre de mi primo está fresca en mi sable.
—Estate tranquilo —dijo él—. Hay una gran obra por delante. Cuando esta locura termine habrá una recompensa”.
—Ay, hay una recompensa cuando la locura termina, ¿verdad? —murmuró el lama medio para sí.