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IV. Buena suerte

A su alrededor, yendo y viniendo en torno a las llamitas, los hombres pedían a gritos aceite, grano, dulces o tabaco, empujándose unos a otros mientras esperaban su turno en el pozo; y, por debajo de las voces masculinas, se oían desde los carros detenidos y con contraventanas los agudos chirridos y risitas de las mujeres cuyos rostros no debían ser vistos en público.

Hoy en día, los nativos bien educados opinan que cuando sus mujeres viajan —y visitan muchos lugares— es mejor llevarlas rápidamente por ferrocarril en un compartimento debidamente protegido con celosías; y esa costumbre se está extendiendo. Pero siempre hay quienes son de la vieja guardia y se aferran a las costumbres de sus antepasados; y, sobre todo, están siempre las ancianas —más conservadoras que los hombres— que hacia el final de sus días emprenden una peregrinación. Ellas, al estar ajadas y ser indeseables, bajo ciertas circunstancias no se oponen a quitarse el velo. Tras su largo encierro, durante el cual siempre han estado en contacto comercial con mil intereses externos, les encantan el bullicio y la agitación del camino abierto, las reuniones en los santuarios y las infinitas posibilidades de chismorreo con viudas respetables de ideas afines. Muy a menudo le conviene a una familia sufrida que una anciana de lengua filosa y voluntad de hierro se pasee por la India de este modo; pues, ciertamente, la peregrinación es grata a los Dioses. De modo que por toda la India, tanto en los lugares más remotos como en los más públicos, se encuentra algún grupo de servidores canosos al cuidado nominal de una anciana que va más o más menos tapiada y oculta en un carro de bueyes. Esos hombres son formales y discretos, y cuando hay cerca un europeo o un nativo de casta alta, resguardarán a su protegida con las precauciones más minuciosas; pero en los azares ordinarios y fortuitos de la peregrinación no se toman tales precauciones. La anciana es, después de todo, profundamente humana, y vive para contemplar la vida.

Kim se fijó en un carro de bueyes ricamente adornado, un ruth familiar, con un dosel bordado de dos cúpulas, como un camello de joroba doble,

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