El lama sacó su rosario y se bajó el ala del enorme sombrero sobre los ojos.
—¿Qué querrá ahora?
“Él dice”—Kim levantó una mano—. “Él dice: ‘Callaos’. Quiere hablar conmigo a solas. Veréis, vosotros no sabéis ni una sola palabrita de lo que dice, y creo que si habláis quizá os eche maldiciones muy malas. Cuando coge esas cuentas así, ya veis, siempre quiere que haya silencio”.
Los dos ingleses se sentaron abrumados, pero en la mirada de Bennett había algo que auguraba malos tiempos para Kim cuando este quedara a disposición del brazo religioso.
—Un Sahib y el hijo de un Sahib...— La voz del lama sonaba áspera por el dolor—. Pero ningún hombre blanco conoce la tierra y las costumbres de la tierra como las conoces tú. ¿Cómo es que esto es verdad?
«¿Qué importa, oh Santo?—mas recuerda que es solo por una noche o dos. Recuerda que puedo cambiar raudamente. Todo será como cuando te hablé por primera vez bajo Zam-Zammah, el gran cañón—»
“De muchacho, con ropas de hombre blanco, cuando fui por primera vez a la Casa de las Maravillas. Y por segunda vez eras hindú. ¿Cuál será la tercera encarnación?”. Soltó una risita lúgubre. “Ah, chela, le has hecho una maldad a un viejo porque mi corazón se encariñó contigo”.
“Y el mío al tuyo. ¿Pero cómo iba a saber que el Toro Rojo me traería a este asunto?”
El lama se cubrió el rostro de nuevo y movió nerviosamente las cuentas del rosario. Kim se acurrucó a su lado y se aferró a un pliegue de su túnica.