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XV. El soñador cuyo sueño se hizo realidad

“Él me lo ha dicho”.

Mahbub ahogó su atisbo de mal humor y se levantó riendo. “No soy del todo de tu fe, Sombrero Rojo⁠ —si es que tan pequeño asunto te concierne”.

—No es nada —dijo el lama.

“Bien me lo parecía. Por tanto, no te conmoverá, a ti, que estás sin mancha, recién lavado y medio ahogado además, que te llame hombre bueno, ¡un hombre muy bueno!

Hemos estado hablando unas cuatro o cinco tardes ya, y por más que yo sea un chalán de caballos, todavía sé, como suele decirse, ver la santidad más allá de las patas de un caballo.

Sí, y sé ver también cómo nuestro Amigo de todo el Mundo puso su mano en la tuya desde un principio. Trátale bien, y permítele que vuelva al mundo como maestro, cuando hayas... lavado sus patas, si ese es el remedio adecuado para el potro”.

“¿Por qué no sigues el Camino tú mismo y así acompañas al muchacho?”

Mahbub miró estupefacto la magnífica insolencia de la exigencia, por la cual al otro lado de la Frontera habría respondido con algo más que un golpe. Luego, la gracia de aquello rozó su alma mundana.

“Con suavidad⁠—con suavidad⁠—un pie a la vez, como el caballo cojo cruzó los obstáculos de Umballa. Puede que llegue al Paraíso más tarde⁠—tengo gestiones en ese sentido⁠—grandes trámites⁠—y se los debo a tu simplicidad. ¿Jamás has mentido?”

¿Qué necesidad?

“¡Oh Alá, escúchale! ¡«Qué necesidad» en este Tu mundo! ¿Y jamás hizo daño a un hombre?”

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