Kim se frotó la nariz y montó en cólera, pensando, como de costumbre, en hindi.
“Esto con un mendigo del bazar puede estar bien, pero—yo soy un Sahib e hijo de un Sahib y, que es doblemente más además, un estudiante de Nucklao. Sí” (aquí pasó al inglés), “un muchacho del St. Xavier’s. ¡Malditos sean los ojos del señor Lurgan!—Es alguna clase de mecanismo como una máquina de coser. ¡Oh, es un descaro tremendo por su parte—en Lucknow no nos asustamos de esa manera—No!”.
Luego en hindi: “¿Pero qué gana él? Es solo un comerciante—yo estoy en su tienda. Pero Creighton Sahib es Coronel—y creo que Creighton Sahib dio órdenes de que se hiciera. ¡Cómo voy a apalear a ese hindú por la mañana! ¿Qué es esto?”.
La corneta-caja estaba soltando una retahíla de los insultos más rebuscados que Kim había escuchado jamás, con una voz aguda y desapasionada que por un momento le erizó los cabellos de la nuca. Cuando aquella cosa vil tomó aliento, Kim se sintió reconfortado por el zumbido suave, parecido al de una máquina de coser.
—¡Chûp! —gritó, y de nuevo oyó una risita que lo hizo decidirse—. O te rompo la cabeza.
La caja no hizo caso. Kim tiró de la bocina de hojalata y algo se levantó con un chasquido. Evidentemente, había abierto una tapa. Si hubiera un demonio dentro, ahora era su momento, porque —olfateó— así olían las máquinas de coser del bazar. Limpiaría a aquel shaitan. Se quitó la chaqueta y la metió de golpe en la boca de la caja. Algo largo y redondo se dobló bajo la presión, se oyó un zumbido y la voz se detuvo —como deben detenerse las voces si metes un abrigo doblado tres veces en el cilindro de cera y en el mecanismo de un fonógrafo caro—. Kim terminó su sueño con el espíritu sereno.