“Lo enviaré, pero echarlo es una mala jugada. Al menos tuvo la sensatez de sacar al Santo del arroyo; adquiriendo así, como el Santo no dijo, mérito”.
—Es un hakim muy sabio. Envía por él, madre.
“¿Un cura alabando a otro cura? ¡Un milagro! Si es amigo tuyo (os peleasteis en vuestro último encuentro), lo arrastraré hasta aquí con cuerdas de caballo y... y después le daré un banquete de castas, hijo mío... ¡Levántate y ve el mundo! Esto de estar en cama es madre de setenta demonios... ¡hijo mío! ¡hijo mío!”
Ella salió a trote para armar un tifón junto a la cocina, y casi sobre sus pasos apareció rodando el Babu, cubierto de los hombros para abajo como un emperador romano, de papada prominente como la de Tito, con la cabeza descubierta, zapatos de charol nuevos, en su mejor estado de gordura, exudanando alegría y saludos.
“¡Voto a bríos, Míster O’Hara, pero sí que