En el andén de la estación de Lucknow vio al joven De Castro, cubierto de sarpullido, subir a un compartimento de segunda clase. Kim favoreció uno de tercera, del que fue el alma y la alegría. Explicó a la compañía que era ayudante de un malabarista que lo había abandonado enfermo de fiebre y que alcanzaría a su amo en Umballa.
A medida que cambiaban los ocupantes del carruaje, variaba esta historia o la adornaba con todos los brotes de una fantasía naciente, tanto más exhuberante por haber estado apartada tanto tiempo de la lengua nativa. En toda la India no había esa noche un ser humano tan alegre como Kim.
En Umballa bajó y se dirigió hacia el este, chapoteando por los campos empapados hasta la aldea donde vivía el viejo soldado.
Por esa misma época, el coronel Creighton, en Simla, recibió un aviso telegráfico desde Lucknow informándole de que el joven O’Hara había desaparecido. Mahbub Ali estaba en la ciudad vendiendo caballos, y a él le confió el coronel el asunto una mañana, mientras galopaban alrededor del hipódromo de Annandale.
—Oh, eso no es nada —dijo el traficante de caballos—. Los hombres son como los caballos. En ciertos momentos necesitan sal, y si esa sal no está en los pesebreres, la lamerán de la tierra. Ha vuelto al Camino por un tiempo. La madrissah lo cansaba. Lo sabía. En otra ocasión, lo llevaré yo mismo por el Camino. No se preocupe, Creighton Sahib. Es como si un poni de polo, al soltarse, saliera a aprender el juego por su cuenta.
—¿Entonces no está muerto, crees?
“La fiebre podría matarlo. Por lo demás, no temo por el muchacho. Un mono no se cae entre los árboles”.
A la mañana siguiente, en el mismo camino, el semental de Mahbub se emparejó al coronel.