La crisis de Huneefa pasó, como estas cosas deben hacerlo, en un paroxismo de alaridos, con un toque de espuma en los labios. Yació exhausta e inmóvil junto a Kim, y las voces enloquecidas cesaron.
—¡Uf! Ese trabajo ya está hecho. Que el muchacho salga beneficiado; y Huneefa es sin duda una maestra del dawut. Ayuda a hacerla a un lado, Babu. No tengas miedo.
—¿Cómo voy a temer a lo absolutamente inexistente? —dijo Hurree Babu, hablando en inglés para tranquilizarse. Es algo terrible seguir temiendo a la magia que uno investiga con desprecio; recopilar folclore para la Royal Society con una viva creencia en todos los Poderes de las Tinieblas.
Mahbub soltó una carcajada. Ya había andado con Hurree por el Camino en otras ocasiones. —Terminemos el teñido —dijo—. El muchacho está bien protegido si... si los Señores del Aire tienen oídos para escuchar. Soy un sufí, pero cuando uno puede evitar los costados ciegos de una mujer, un semental o un demonio, ¿para qué ir a buscar una coz? Ponlo en marcha, Babu, y procura que el viejo Sombrero Rojo no lo lleve más allá de nuestro alcance. Debo volver con mis caballos.
–Está bien –dijo Hurree Babu–. Es actualmente un espectáculo curioso.
Alrededor del tercer canto del gallo, Kim se despertó tras un sueño de miles de años. Huneefa, en su rincón, roncaba con fuerza, pero Mahbub se había ido.
“Espero que no se haya asustado”, dijo una voz aceitosa a su lado.
“Yo superintendí toda la operación, que fue de lo más interesante desde el punto de vista etnológico. Fue un dawut de primera clase”.
—¡Ajá! —dijo Kim, al reconocer a Hurree Babu, que sonreía con adulación.