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XI. El malabarista

todas las ordenanzas municipales, el fragmento de un cuerpo medio quemado flotaba corriente abajo a merced de la fuerte corriente.

—Pero por ti —dijo el kamboh a Kim, atrayendo al niño hacia su velludo pecho—, hoy podría haberme ido allá, con este. Los sacerdotes nos dicen que Benarés es sagrada, lo cual nadie duda, y deseable para morir en ella. Pero no conozco a sus dioses y piden dinero; y cuando uno ha hecho un culto, un cabeza rapada jura que no sirve de nada a menos que se haga otro. ¡Lávate aquí! ¡Lávate allá! Derrama, bebe, báñate y esparce flores, pero paga siempre a los sacerdotes. No, para mí el Punyab, y la tierra del Jullundur-doab por ser la mejor tierra que hay en él.

—He dicho muchas veces —en el Templo, creo— que, si es necesario, el Río se abrirá a nuestros pies. Iremos, por tanto, hacia el Norte —dijo el lama, poniéndose en pie—. Recuerdo un lugar agradable, rodeado de árboles frutales, donde uno puede pasear en meditación; y el aire es más fresco allí. Proviene de las Colinas y de la nieve de las Colinas.

—¿Cuál es el nombre? —dijo Kim.

—¿Cómo he de saberlo? ¿No fuiste tú —no, eso fue después de que el Ejército se alzó de la tierra y te llevó. Me quedé allí meditando en una habitación junto al palomar, salvo cuando ella hablaba eternamente.

—¡Oho! La mujer de Kulu. Eso está por Saharanpur. —Kim se rio.

—¿Cómo se desplaza tu amo por obra del espíritu? ¿Va a pie por causa de pecados pasados? —preguntó el jat con cautela—. Es un largo trecho hasta Delhi.

—No —dijo Kim—. Pediré una limosna para un tikkut para el te-rén.

En la India uno no reconoce poseer dinero.

“Entonces, en nombre de los Dioses, tomemos el carro de fuego. Mi hijo está mejor en los brazos de su madre. El Gobierno nos ha impuesto

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