certificado. Se burla de ellos arriesgando su vida —yo nunca habría bajado a verlos después de los disparos— y luego dice que es un cobarde… Y es un hombre temible. Debo volver al mundanal ruido».
Al principio sus piernas se doblaron como tubos de plomo defectuosos, y la inundación y avalancha del aire bañado de sol lo deslumbraron. Se acurrucó junto a la pared blanca, con la mente rebuscando entre los incidentes del largo viaje en dooli, las debilidades del lama y, ahora que el estímulo de la charla había desaparecido, su propia autocompasión, de la cual, como los enfermos, tenía en gran reserva. El cerebro desfallecido se apartaba de todo el exterior, como un caballo en carne viva, una vez espoleado, se hace a un lado del acicate. Era suficiente, ampliamente suficiente, que el botín del kilta estuviera lejos—fuera de sus manos—fuera de su posesión. Trató de pensar en el lama—de preguntarse por qué se había caído a un arroyo—, pero la inmensidad del mundo, vista entre las puertas del zaguán, barrió el pensamiento hilvanado. Luego contempló los árboles y los amplios campos, con las chozas de paja ocultas entre los cultivos—los contempló con ojos extraños incapaces de asimilar la magnitud, la proporción y la utilidad de las cosas—, se quedó mirando durante media hora quieta. Todo ese tiempo sintió, aunque no pudo expresarlo con palabras, que su alma estaba desajustada respecto a su entorno—una rueda dentada desconectada de cualquier maquinaria, exactamente igual que la rueda dentada inactiva de una desmenuzadora de azúcar barata de Beheea dejada de lado en un rincón. Las brisas lo abanicaban, los loros le chillaban, los ruidos de la casa poblada a sus espaldas—peleas, órdenes y reprensiones—golpeaban en oídos sordos.
“Yo soy Kim. Yo soy Kim. ¿Y qué es Kim?”
Su alma lo repetía una y otra vez.
No quería llorar—jamás se había sentido con menos ganas de llorar en su vida—, pero de repente unas lágrimas fáciles y estúpidas le resbalaron por la nariz, y con un chasquido casi audible sintió que los engranajes de su